Ropa y textiles — fibras, agua y microfibras

Algodón, petróleo, tintes, confección, lavado, duración y segunda mano.

Una prenda empieza en un campo o un pozo

Tres fibras, tres orígenes físicos muy distintos

Una prenda de ropa puede empezar su historia en lugares físicamente muy distintos según de qué fibra esté hecha. El algodón necesita tierra cultivable, agua de riego o de lluvia, y un manejo agrícola completo —siembra, fertilización, control de plagas, recolección— antes de que la fibra en bruto llegue a una hilatura. El poliéster, en cambio, procede principalmente de materias primas fósiles: es, químicamente, un tipo de plástico hilado en forma de fibra, con un origen mucho más parecido al de una botella de plástico que al de una planta. La viscosa y otras fibras llamadas «celulósicas artificiales» ocupan una posición intermedia: parten de celulosa vegetal, a menudo procedente de madera, pero requieren un proceso químico industrial considerable para transformar esa celulosa en fibra hilable. Una vez obtenida la fibra, hilarla, tejerla, teñirla, lavarla, secarla y confeccionarla en una prenda final consume energía, agua y productos químicos en cada una de esas etapas sucesivas, y la prenda todavía tiene que viajar después entre fábricas, almacenes de distribución y tiendas antes de llegar a quien finalmente la compra.

El lavado no es solo un gasto de agua y electricidad

Durante los años de uso de una prenda, cada lavado consume agua y electricidad de forma directa, pero además desprende fibras diminutas al medio —un fenómeno especialmente marcado en los tejidos sintéticos, aunque no exclusivo de ellos— simplemente por la fricción mecánica del propio proceso de lavado, sin necesidad de que la prenda esté ya desgastada. Fuera del propio lavado, la secadora eléctrica y la plancha pueden llegar a dominar, en algunos hogares, una fracción sorprendentemente grande del consumo energético doméstico total dedicado al cuidado de la ropa. Lavar con menos frecuencia cuando la higiene real lo permite, esperar a tener una carga completa en lugar de lavar prendas sueltas, elegir una temperatura de lavado adecuada al tejido y al grado real de suciedad, y priorizar el secado al aire libre frente a la secadora eléctrica reducen de forma real el servicio consumido, sin que sea necesario comprar ningún armario nuevo etiquetado como «sostenible» para conseguir ese ahorro.

Al final de su vida útil, muy pocas prendas vuelven a ser fibra

Cuando una prenda deja de usarse, si todavía está limpia y en condiciones razonables de uso, puede reutilizarse directamente por otra persona, ya sea mediante donación, venta de segunda mano o intercambio. Pero transformar una prenda ya desgastada de vuelta en fibra utilizable para fabricar ropa nueva —el llamado reciclaje «fibra a fibra»— resulta técnicamente muy difícil en la inmensa mayoría de los casos, precisamente porque la mayoría de las prendas mezclan varios tipos de fibra distintos en un mismo tejido, incorporan elastano para dar elasticidad, llevan botones y cremalleras de otros materiales, están teñidas con colorantes que complican el proceso, y la propia fibra ya se ha degradado parcialmente durante sus años de uso y lavado repetido. En la práctica, una parte de la ropa desechada se convierte en relleno de baja calidad o en trapo industrial, otra parte se exporta a otros países, y el resto se incinera o se deposita en vertedero. Donar ropa usada, aunque sea una acción bienintencionada, tampoco garantiza automáticamente que esa prenda concreta vaya a ser realmente usada por otra persona: un volumen de donaciones que supera con creces la demanda real puede terminar, en la práctica, trasladando el mismo excedente de ropa a otro país distinto, sin haber resuelto el problema de fondo.

La prenda más prudente suele ser, simplemente, la que dura

Frente a la complejidad de comparar huellas ambientales exactas entre distintas fibras y procesos de fabricación, una decisión mucho más robusta y fácil de aplicar consiste en comprar menos prendas en total, usar cada una de ellas durante más tiempo antes de descartarla, repararlas cuando sea razonable en lugar de sustituirlas a la primera señal de desgaste, intercambiarlas con otras personas cuando ya no se quieran, y exigir a los fabricantes un diseño genuinamente durable desde el origen. Comparar la calidad de construcción y el número real de usos que se le va a dar a una prenda concreta importa, en la práctica, mucho más que dejarse guiar por una única fibra concreta etiquetada como «ecológica» o «sostenible» en el envase.

La prenda que dura

  • Compra menos, usa más: el número real de veces que se usa una prenda pesa más que la fibra concreta con la que está hecha.
  • Repara antes de descartar: un botón, una costura o una cremallera rota casi siempre son reparables a un coste menor que sustituir la prenda entera.
  • Lava con criterio: menos frecuencia cuando la higiene lo permita, carga completa, temperatura adecuada al tejido, y secado al aire frente a la secadora cuando sea posible.
  • Intercambia o vende antes de tirar: una prenda limpia y en buen estado todavía tiene valor de uso para otra persona.
  • Exige diseño durable: compara calidad de construcción, no solo la etiqueta de fibra «ecológica».

No confíes en el reciclaje fibra a fibra como solución principal

La mezcla de fibras, el elastano, los tintes y la degradación por uso hacen que reciclar una prenda de vuelta a fibra utilizable sea técnicamente difícil en la mayoría de los casos. Alargar la vida de la prenda actual pesa más que confiar en que se reciclará bien al final.

Los números, con su origen

93.000 millones de metros cúbicos de agua dulce al año, solo para fabricar ropa

Fabricar la ropa que se consume en el mundo requiere unos 93.000 millones de metros cúbicos de agua dulce al año, el equivalente a unas 37 millones de piscinas olímpicas. La producción mundial de ropa, además, se duplicó entre el año 2000 y el año 2015, mientras que el número medio de veces que se usa una prenda antes de descartarla cayó un 36 % en ese mismo periodo, según la Fundación Ellen MacArthur — se produce más ropa y, al mismo tiempo, se usa individualmente menos cada prenda.

Fuentes: informe citado en committees.parliament.uk (SFI0090 — Evidence on Sustainability of the fashion industry); Fundación Ellen MacArthur.

El lavado doméstico, la mayor fuente individual de microfibras

El lavado doméstico de ropa libera al año, a escala mundial, del orden de 13 millones de toneladas de microfibras textiles, la mayor fuente individual de contaminación por microfibras identificada hasta ahora. Si la industria de la moda continúa con su modelo de producción actual sin cambios, se estima que entre 2015 y 2050 llegarán a los océanos del mundo unos 22 millones de toneladas adicionales de microfibras. Algunos tratamientos de acabado del tejido, como ciertos recubrimientos, pueden reducir el desprendimiento de fibra hasta en un 50 %, y usar una bolsa de lavado específica puede reducirlo hasta en un 86 %.

Fuentes: PNUMA (UNEP) — Fashion's tiny hidden secret; estudios recopilados sobre liberación de microfibras en el lavado doméstico.

Qué falta en esta tabla

Estas cifras mundiales no distinguen entre el impacto de una prenda de algodón cultivado en secano, una de algodón regado artificialmente en una región árida, y una prenda sintética derivada del petróleo: cada combinación de fibra, país de fabricación y proceso concreto de teñido y acabado tiene su propia huella específica, que ningún promedio mundial puede sustituir.

Fuentes

  • La Agencia Europea de Medio Ambiente analiza el impacto ambiental de la moda en Textiles and the environment.
  • La Fundación Ellen MacArthur documenta el modelo de producción y descarte de la industria textil y propone alternativas circulares.
  • El PNUMA (UNEP) resume el problema de las microfibras textiles en Fashion's tiny hidden secret.