Gas natural — tuberías, metano y calor
Pozos, fugas, licuefacción, gasoductos, centrales y calderas. Teoría, fórmulas, ejemplos resueltos y aplicaciones.
Invisible no significa limpio
Dos formas de extraer un gas que no se ve
El gas natural se extrae de dos tipos de yacimiento con procesos muy distintos. Los yacimientos convencionales son bolsas de gas atrapadas bajo capas de roca impermeable, relativamente fáciles de perforar y explotar con técnicas tradicionales. Los yacimientos no convencionales —gas de esquisto o gas de formaciones compactas— requieren perforación horizontal (el pozo gira 90 grados bajo tierra para recorrer la capa de roca a lo largo, no solo verticalmente) combinada con fractura hidráulica: inyectar agua a alta presión, mezclada con arena y aditivos químicos, para agrietar la roca y liberar el gas atrapado en sus poros microscópicos. Esta segunda técnica exige grandes volúmenes de agua por pozo, genera aguas residuales que hay que tratar o inyectar de vuelta en el subsuelo, y ha sido señalada en algunos estudios como posible factor de sismicidad inducida en determinadas zonas.
De la boca del pozo al quemador: una cadena larga y con fugas potenciales
Una vez extraído, el gas pasa por compresores y una extensa red de tuberías antes de llegar a una central o a un hogar. Para cruzar océanos —cuando no existe un gasoducto físico entre el país productor y el consumidor— el gas se enfría hasta aproximadamente -162°C, temperatura a la que se licúa y reduce su volumen drásticamente, permitiendo transportarlo en buques metaneros especializados; al llegar a destino, se recalienta y se regasifica antes de inyectarlo en la red. Cada una de estas etapas —compresión, transporte, licuefacción, regasificación— consume energía adicional y es un punto potencial de fuga de metano, el componente principal del gas natural.
Por qué el metano que se escapa importa tanto como el que se quema
El gas natural quema de forma más limpia que el carbón en el punto de combustión: una central de ciclo combinado moderna puede generar la misma electricidad con menos CO₂ y con muchos menos contaminantes locales que una central de carbón equivalente. Pero esa ventaja se calcula asumiendo que todo el gas extraído llega intacto hasta el quemador. En la práctica, una fracción del metano se escapa —por válvulas, juntas, venteos deliberados de mantenimiento o fugas no detectadas— en algún punto entre el pozo y el contador doméstico, y el metano sin quemar es un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO₂ mientras permanece en la atmósfera. La hoja de datos de esta página desarrolla, con cifras de la Agencia Internacional de la Energía, cuánto metano se pierde realmente en la cadena de suministro mundial — y por qué una tasa de fuga aparentemente pequeña en porcentaje puede anular buena parte de la ventaja climática del gas frente al carbón.
En casa y en la industria: mucho más que centrales eléctricas
El gas natural no se usa solo para generar electricidad: alimenta calderas de calefacción doméstica, cocinas, y procesos industriales que necesitan calor a temperaturas específicas, además de servir como materia prima química para fertilizantes y otros productos. La red de distribución de gas que llega hasta un edificio —tuberías de acero o polietileno, reguladores de presión, contadores— tiene su propio mantenimiento, su propio riesgo de fuga a pequeña escala, y un riesgo poco frecuente pero real de explosión si se acumula gas en un espacio cerrado. Cuando una infraestructura de gas se abandona —un pozo agotado, un tramo de tubería fuera de servicio—, debe sellarse y vigilarse: un pozo mal sellado puede seguir emitiendo metano de forma pasiva durante años o décadas.
La comparación que no se puede resumir en una palabra
Decir que el gas natural es «más limpio que el carbón» es cierto en el punto de combustión, pero no equivale a decir que sea «bajo en carbono» en términos absolutos ni que sea neutral en el debate climático. Antes de aceptar esa etiqueta para un suministro concreto de gas, conviene preguntar por la tasa de fuga realmente medida —no una cifra estándar de la industria—, el origen del gas (convencional o de fractura hidráulica), si hubo que licuarlo y transportarlo por barco, el rendimiento del equipo final que lo consume, y la vida útil prevista de toda la infraestructura que se está construyendo para sostenerlo. En muchos casos, sustituir un uso final de gas por electrificación directa —una bomba de calor en vez de una caldera, por ejemplo— puede reducir más el impacto climático total que simplemente cambiar de combustible fósil.
Puente, no destino
A favor: menos CO₂ de combustión y menos contaminación local que el carbón por unidad eléctrica; centrales de ciclo combinado que arrancan y paran con rapidez, útiles para acompañar la variabilidad de la eólica y la solar mientras no hay suficiente almacenamiento.
A vigilar, de forma no negociable: el metano fugado antes de la combustión. Un gasoducto, una válvula o una planta de licuefacción con fugas puede anular buena parte de la ventaja climática del gas frente al carbón, porque el metano calienta la atmósfera mucho más intensamente que el CO₂ mientras permanece en ella. La única forma honesta de evaluar un suministro de gas es exigir la tasa de fuga medida, no una cifra estándar de la industria.
El riesgo de quedarse atrapado: construir gasoductos, plantas de licuefacción y centrales pensadas para operar 30-40 años crea una infraestructura que hay que amortizar — y que compite, con intereses económicos reales, contra la descarbonización que se supone debía facilitar como «energía puente». Un contrato de suministro a largo plazo firmado hoy puede convertirse en un activo varado si la demanda cae antes de tiempo.
Antes de sustituir carbón por gas como solución climática, compara siempre: tasa de fuga real, rendimiento del equipo de destino, vida útil prevista de la infraestructura y si una alternativa eléctrica (bomba de calor, renovable con almacenamiento) resuelve el mismo servicio con menos riesgo climático a largo plazo.
Los números, con su origen
Cuánto metano se escapa antes de llegar al quemador
Según el Global Methane Tracker 2025 de la AIE, las operaciones mundiales de petróleo y gas emitieron cerca de 35 millones de toneladas de metano en 2024. De esa cifra, las operaciones «aguas abajo» —transporte, distribución y almacenamiento, es decir, todo lo que ocurre después de la extracción— aportaron cerca de 13 millones de toneladas, en torno al 15% del metano total del sector petrolero y gasista.
La intensidad media global de fuga en la fase de transporte y distribución es de más del 0,4% del gas manipulado; con toda la tecnología de detección y reparación ya disponible desplegada, la AIE estima que podría bajar de 0,2%. La diferencia entre ambas cifras no es cosmética: la agencia calcula que el metano evitable perdido en toda la cadena equivale a casi 100.000 millones de m³ de gas — gas que se fuga a la atmósfera en lugar de calentar una casa o generar electricidad.
Fuente: IEA — Global Methane Tracker 2025, hallazgos clave y documentación técnica del modelo.
Por qué una fuga pequeña en porcentaje importa mucho en el clima
El metano calienta la atmósfera con mucha más intensidad que el CO₂ mientras está presente: del orden de 80 veces más en una ventana de 20 años, aunque se descompone más rápido y su efecto a 100 años cae a unas 25-30 veces el del CO₂. Esto significa que una tasa de fuga aparentemente pequeña —menos del 1% del gas manipulado— puede anular buena parte de la ventaja climática de sustituir carbón por gas, si esa fuga no se mide y se corrige activamente.
El cuadro comparativo
| Indicador | Gas natural (ciclo combinado) | Fuente |
|---|---|---|
| CO₂eq de ciclo de vida | ~490 g/kWh (410–650, sensible a la tasa de fuga) | NREL |
| Muertes por TWh | ~2,8 | Our World in Data |
| Suelo directo | ~410 ha/TWh·año | Our World in Data — Land use |
| Agua retirada | ~53 litros/kWh (EE. UU., valor medio) | Aquifer Alliance |
Qué falta en esta tabla
La tasa de fuga «media global» esconde una variación enorme entre operadores: algunos yacimientos y gasoductos miden y reparan de forma sistemática, otros ni siquiera monitorizan sus propias fugas. Sin un dato medido específico del suministro que se está evaluando, cualquier cifra de esta página es solo un punto de partida, no una respuesta definitiva.
Fuentes
- La AIE publica cada año el Global Methane Tracker, con las tasas de fuga por país y segmento de la cadena de suministro.
- El NREL armoniza las emisiones de ciclo de vida del gas natural frente a otras fuentes en Life Cycle Assessment Harmonization.
- El IPCC evalúa el papel del gas en la transición energética en AR6, WG3, capítulo 6.